Una tierra distinta

Ancient ship 6th c. BC Ancient ship 6th c. BC. Autor Anónimo.

Un pescador me contó que cierta mañana la niebla le sorprendió mientras hacía pesca submarina. Aquella noche de verano, una súbita bruma ocultó la línea de la costa y los edificios del paseo marítimo, así que él se acordó de aquella niebla. Por la cara que puso, no debió pasarlo bien: al volver a la superficie, no era capaz de orientarse y durante unos segundos creyó que sería incapaz de volver a la playa. Me acordé de los diarios que publicó Atef Abu Saif hará un par de años: pasaba unos días visitando a su hermana en Gaza, había salido a nadar al amanecer y, mientras estaba en el agua, Israel lanzó el primer ataque. Cuando volvió a tierra, el mundo frágil que había conocido ya había empezado a desaparecer.

En las historias ejemplares que explican la teoría de la relatividad, siempre hay un astronauta que sale a viajar a la velocidad de la luz. Para cuando vuelve, después de unos minutos, en la Tierra han pasado décadas y la gente que él ha conocido ha desaparecido. El océano del tiempo es implacable, pero la historia es mucho más antigua. Un ejemplo aún reciente: el Rip van Winkle de Washington Irving durmió tanto que, cuando volvió a su poblado, los vecinos a los que había conocido estaban muertos ya.

Qué calamidad que aún no hemos predicho está a punto de derribarlo todo. Qué niebla nos lo ocultará.

A veces el cambio es paulatino, hacen falta décadas, la espuma del tiempo lamiendo las rocas, como aquel barco de Teseo cuyas piezas eran sustituidas una por una: nuestros cuerpos y nuestros mundos cambian. Pienso en ello cuando vuelvo del mar y cada mañana cuando vuelvo del sueño. Noto la niñez en el sabor a salitre, sí: la niñez es la misma, el que es distinto soy yo. Decía Heráclito que no te bañarás dos veces en el mismo río, curiosa sinécdoque: esto implica que, al salir del agua, no pisarás de nuevo la misma tierra.

G.G.Q.
Madrid, 7 de julio de 2026