Narrativa de la alegría

Artículo publicado originalmente en la Revista Komuya.

Hay libros que se escriben como un recetario de recuerdos, con los años, con la misma lentitud con la que se va borrando la memoria, hojas sueltas que de repente en cierto orden cobran sentido, ingredientes distintos que al unirse dan lugar a algo más.

Un recuerdo de niño: es casi la hora del atardecer y un arroyo de luz se cuela por las calles de mi barrio, se refleja en las paredes de los edificios, en el mármol del portal, y se quiere arremolinar en un nimbo sobre los capós de los coches aparcados. Yo entro al bloque en el que vive mi abuela y esa luz se cuela por los cristales esmerilados de la escalera y alcanza hasta dentro del ascensor. Todavía no ha llegado el calor, pero ya llevo varias semanas pidiéndole a mi abuela que me ponga la leche con cacao muy fría, recién sacada del frigorífico. Por entonces, la casa Dulces Zafra fabricaba unos bizcochos rellenos de nata envueltos en chocolate a los que llamábamos chocobones. Yo me los comía separando las dos capas de bizcocho cuidadosamente y dejando la nata para el final —me recreaba en la técnica precisa para separar las capas, aplicar una ligera presión en el medio de las caras laterales del paralelepípedo, y luego apartar la superior de modo que el bizcocho saliera perfectamente separado de la nata—.

Otro recuerdo: una noche, ya entrado el verano, abro el frigorífico donde mi abuela suele tener un par de botellas de agua casi helada, albaricoques, cerezas, sandía. La selección española de fútbol ha empezado el mundial de Francia ‘98 jugando contra Bulgaria y aprovecho el descanso para ir a picar algo. En menos de veinte minutos Luis Enrique ha forzado un penalti y luego ha marcado a pase de Alfonso. La fruta huele como si estuviera recién cogida. España terminará ganando 6-1. Dijo la prensa que, aquel año, por fin, teníamos posibilidades de ganar la copa, y luego caímos en cuartos, como solía pasar. Mi abuela ve el fútbol sentada en su sillón, yo lo veo sentado en una silla mientras me como dos o tres albaricoques, y luego me voy al otro sillón, que es una medida mi crecimiento, de cómo he pasado de ser el niño menudo que se acostaba con la cabeza en un brazo y los pies subidos al otro, hasta que poco a poco dejé de caber.

En verano, los chocobones se guardaban en el frigorífico para que no se derritiera el chocolate —y a mí me gustaban aún más—. En aquella misma cocina de los atardeceres de primavera, encontraba alivio para las noches calurosas de julio, el pijama de tela liviana con olor a recién planchado y la botella de cristal húmeda, casi glaciada. Tiendo a preguntarme qué diferencia hay entre el nieto de mi abuela, el niño que comía albaricoques en el mundial del ‘98, y el que, de vez en cuando, si la vida le deja, se sienta a escribir. Y quisiera pensar que no demasiada, pero el mundo ha cambiado tanto y yo he renunciado a tantas cosas, me he arrancado la piel tantas veces y vuelto a mudarla, que seguramente mi abuela no me reconocería si se encontrara conmigo en el ascensor, o si por casualidad me leyera. A estas alturas, impostar que me parezco a aquel adolescente es un insulto a la verdad —y quizás esté bien así—.

Casi de casualidad, en un pequeño cuaderno, mi abuela había ido escribiendo el libro de recetas de su vida, a mano, con una caligrafía recta, cuidada, y las medidas imprecisas y heterogéneas de las cocina doméstica: un vaso pequeño, una cucharadita. Algunas medidas de harina a veces están anotadas en gramos, otras en onzas, y el aceite se mide en cascarones. Estas imprecisiones eran las que dejaban margen a la maestría, a la decisión de último momento de echar a ojo una pizca más o una pizca menos, de improvisar según lo que hubiera en la despensa. El resultado son unos dulces cuyos nombres se fueron cocinando también a lo largo de los años, de las décadas, para quedar a la altura de la onomástica de los mejores cuentos de hadas: galletas buenas, roscas de la Petra, rosquillas dormidas o —mis favoritos— roscos de ciento en boca.

A estas alturas ya sabemos que el sabor no pertenece sólo a la inmediatez de los sentidos, de las papilas gustativas, sino más bien al poso sentimental que deja en la memoria. La cocina doméstica constituye en el fondo el noble arte de convertir algunos ingredientes, casi siempre humildes, en una alegría inolvidable. Pienso ahora además que construye una historia que tiene un vocabulario propio. Efectivamente, yo comía a ciento en boca los roscos que mi abuela hacía cuando nos reuníamos en su casa.

No recuerdo quién dijo que cocinar es un acto de generosidad feroz, pero no creo que se refiriera en absoluto a las ínfulas del arte culinario o a la industria de los grandes chefs, sino al acto de cocinar cada día. Cocinar es transformar en alegría lo que sea que queda en la despensa. Llegaba hambriento del colegio y desde el descansillo ya olía la comida del día, filetes rusos, croquetas de pollo, patatas fritas, sólo a veces galletas de las buenas. Y cuando entraba a su casa y preguntaba qué había de comer, ella respondía unas veces “tajás de agua frita”, otras veces “jamón con chorreras”, o simplemente devolvía la pregunta, “¿a qué te huele?”, porque, en aquel libro de recetas había maestría para la alegría y también espacio para la justa dosis de suspense.

Leer el artículo completo en Revista Komuya (Junio de 2025, página 23).

G.G.Q.
Madrid, 30 de junio de 2025